Chris buscaba cookies caseras y, al no encontrarlas, decidió prepararlas ella misma y, luego, venderlas. Reivindica la comida americana, no la del fast-food, sino la casera, la que requiere tiempo de preparación y degustación. "Todos merecemos comer bien", afirma.
Quien pasa por delante del local, se para. La presentación está muy cuidada, las cookies sorprenden, los platos hacen de las bocas agua, y unas estanterías con el monstruo de las galletas y con productos desconocidos hacen que el transeúnte quiera entrar para saber qué contiene aquel bote blanco (crema de marshmellow, las golosinas en forma de nubes) o aquel tetra-brick rojo y estilizado (zumo de arándanos).
Son muchas las tentaciones desarrolladas por Chris: cookies de seis sabores (de chocolate, blanco o negro; de chocolate con nuez o con almendras; con avena, nuez y pasas y de jengibre confitado); marshmellows caramelizados sobre un puré de boniatos; pancakes de plátano o de pepitas de chocolate; platos de carne, como pollo cajún (con una mezcla de pimientas sobre una base de leche de coco), chile con carne o costillas de cerdo en salsa barbacoa; platos vegetarianos como las quiches o las ensaladas de pasta; chips de yuca (¡venden entre 5 y 6 kilos a la semana!) y de bagles; bagles enteros para acompañar una mousse de salmón o una crema de alcachofas y espinacas, y tartas (de chocolate puro, de queso, con confipote de frutas de la estación, con cookies de Oreo o con dulce de leche, el único ingrediente, además de las bagles, que no preparan en el local).
Aunque pequeño (80 m² incluyendo la cocina), Born Cooking es un lugar familiar, encantador, de piedra y madera, con capacidad para ocho personas; un servicio de catering (con platos especiales para Navidad), y una tienda en la que se encuentran rarezas americanas como los beef jerky, los pedazos de carne seca snack de los vaqueros de las películas y también de los de verdad.